
La primera vez que los escuché, ya no existían formalmente como banda y el tdk cromo quedó hecho cuero en cuestión de meses (sí soy una anciana, no se bajaba música y a duras penas conseguíamos cds). Fue un mazazo a mi adolescente cerebro. Fue un loco amor a primera oída.
Los chicos freaks de Boston, de los Pixies estoy hablando, poseían la frescura perdida tras años de rock peludo falsamente glamoroso y una cuota de alegría que el grunge nos escamoteaba. Eran distintos, eran provocadores y sí, puede ser que desafinaran y que los chillidos de Black Francis dejaran a más de uno agobiado, pero era fácil amarlos.
Al día de hoy, todavía los adoro. Pongo un disco y me dan ganas de bailotear, de gritar como el Gordito Frank/Black y de haber aprendido a tocar el bajo, como soñaba cuando conocí a Kim Deal.
Hay un antes y un después de los cuatro fantásticos de Boston, al menos en mi vida.
Nota: Para arrancar a escucharlos, recomiendo Doolittle (1989). Aunque como dice un amigo es bueno arrancar desde el principio y ese es Come On Pilgrim (1987)




